El sol de las tres de la tarde caía como plomo fundido sobre el asfalto agrietado del patio de máxima seguridad. Valeria no prestaba atención al sudor que le empapaba el uniforme gris ni al olor a óxido que flotaba en el aire estancado; su mente estaba concentrada en el ritmo de su respiración mientras lanzaba combinaciones de golpes al vacío en una esquina aislada.
El acecho de la bestia El silencio cayó sobre el patio como una guillotina cuando Berta, conocida por todas como «La Leona», cruzó la puerta de malla ciclónica escoltada por sus tres matonas. Llevaba años controlando el pabellón a base de terror, extorsionando a las internas de nuevo ingreso y Leer más









