El eco de las risas burlonas rebotaba contra las paredes de concreto del estacionamiento subterráneo. Mateo, enfundado en una chaqueta que probablemente costaba más que el alquiler de un año, se recargó con arrogancia contra el capó del imponente deportivo negro.

Frente a él, Leo se mantenía en silencio, con las manos hundidas en los bolsillos de sus jeans desgastados y una vieja mochila colgando de un hombro. Acababa de terminar su turno doble en el taller de modificaciones, y sus botas aún conservaban rastros de aceite. El Espejismo de la Leer más