El ruido ensordecedor de las bandejas de aluminio y las voces ásperas rebotaba contra las paredes grises del comedor de máxima seguridad. En medio de aquel caos diario, Don Elías, un anciano de setenta años con la espalda encorvada y manos temblorosas, arrastraba su pesado trapeador sobre los charcos de agua sucia. Era una figura casi invisible, respetada en silencio por su inofensiva fragilidad y su sonrisa siempre cansada.

Pero «El Alacrán», un matón gigante recién transferido al pabellón, no entendía los códigos no escritos de aquel infierno de concreto. El quiebre de una regla sagrada Cuando el palo de escoba del anciano rozó accidentalmente la zapatilla inmaculada del matón, el comedor entero pareció contener la respiración de golpe. Leer más